martes, 15 de julio de 2008

Catupecu tiene pasajes para un viaje perfecto - Diario LA VOZ

Fernando

La banda llenó el Orfeo y ofreció un show que tuvo de todo: contundencia sonora, refinamiento y un cierre electrizante.

Los sucesos traumáticos, muchas veces, dan a luz cosas inesperadas. Una de ellas es la madurez, un fruto que suele florecer en las ramas cortadas por la tragedia y que ayuda a sobrellevarla y enfrentarla mejor.

Catupecu Machu es una banda golpeada por un suceso doloroso y, además, repentino (en marzo de 2006, el bajista Gabriel Ruiz Díaz sufrió un accidente automovilístico que lo dejó en grave estado). Es difícil ajustar la cabeza y la vida a ese cambio tan desgarrador. Pero, a juzgar por el recital que el grupo brindó en el Orfeo Superdomo en la noche del sábado, la determinación de seguir adelante ha hecho de los integrantes de la banda (y en especial de su líder, Fernando Ruiz Díaz) personas con una enorme madurez artística.

Si la ambición es algo que falta en la mayoría de las bandas del panteón argento (con muy pocas excepciones), Catupecu, con su cuidadísimo nuevo formato de show, demostró que guarda grandes dosis de ese impulso en sus bolsillos.

El recital tuvo cuatro “actos”. La primera parte, titulada “Los cuadros”, comenzó con un trío de cuerdas (violín, viola y violoncello) rasgando una introducción para El número imperfecto. Y todo el acto siguió un patrón musical similar: la banda tocando en vías electroacústicas, acompañada por las cuerdas a las que luego se agregó una flautista.

Suave y áspero. Los logradísimos arreglos y el excelente sonido sirvieron para que esta parte resultara una delicia de sabores variados, con resultados casi perfectos en canciones como Entero o a pedazos (en una versión dramática basada puramente en la atmósfera) o en Épico (un instrumental con aspereza electrónica que sirvió como cierre de ese episodio inicial).

Finalizado “Los cuadros”, el telón se corrió para servir de pantalla de proyección a un cartel que anunciaba “Acto II: El viaje”. Nobleza obliga, el tema que largó esta segunda parte fue El viaje del miedo, acompañado por su correspondiente video. Pero la melodía bellamente arpegiada de aquella canción fue apenas un espejismo: “El viaje” fue el acto más eléctrico y sudoroso del show, donde Catupecu trajo a la luz su costado disonante. Así, pasaron la fascinante Ritual, mezcla de aires flamencos con bases mitad industriales y mitad tribales; y los sonidos extraños y excitantes de Acaba el fin y Origen extremo.

Respirar para zambullirse. Un paquetito de tres canciones (Hay casi un metro al agua, Batalla y La llama), constituyó el tercer acto, “La batalla”, que fue algo así como un pequeño oasis acústico y minimalista entre el terremoto de relámpagos de la parte precedente y el cierre electrizante que se vaticinaba.

El primer tema tuvo a Ruiz Díaz cantando en la solitaria compañía de su guitarra de cuerdas de nailon, mientras que para las dos siguientes (introducidas por Fernando contando la historia de su primera visita a Córdoba y de su primer trago de ferné con coca) se agregó el resto de la banda: el tecladista Macabre, aquí sentado al piano; el baterista Javier Herrlein mostrando sus destrezas en la caja; y el bajista Sebastián Cáceres, reemplazando a Gabriel Ruiz Díaz con pericia y sobriedad.

La distorsión volvió a explotar para el acto final, “El lugar”, donde el público explotó ante el anuncio de Y lo que quiero es que pises sin el suelo, que, como Fernando explicó, estaba fuera de programa. El que miró el reloj en ese momento, se dio cuenta de que habían pasado casi tres horas desde el comienzo de uno de los shows más logrados y mejor concebidos que se hayan visto en Córdoba. A esa altura, sólo restaba enviar un mensaje mental a los señores del rock nacional: miren y aprendan.

Por Natalia Torres
Fuente: Diario La Voz

Saludos!
Zurdo/((cjay))

2 comentarios:

giselA+ dijo...

la idea de catupecu es siempre sorprender, si sus shows fueran siempre iguales no seria Catupecu.
mis saludos!

giselA+ dijo...

la idea de catupecu es siempre sorprender, si sus shows fueran siempre iguales no seria Catupecu.
mis saludos!