lunes, 10 de diciembre de 2007

Párense, todos de pie












La impronta acústica de Laberintos entre aristas y dialectos –la nueva apuesta sonora de Catupecu Machu- hacía creer que su presentación en vivo transcurriría inevitablemente en plan desenchufado. Sobre todo porque el Gran Rex fue el lugar elegido para la trilogía de shows, a la que luego se sumaría un cuarto, el 15 de Diciembre. Pero el debut de la banda en un teatro porteño arremetió con cualquier tipo de suposiciones, presentando una especie de obra conceptual que, siguiendo la lógica del disco, se fragmentaba en cuatro pasajes (Los Cuadros, El viaje, La Batalla y El Lugar), cada uno con un clima definido, y la constante de un espectacular despliegue de luces y sonido.
Faltaban minutos para las diez cuando los acordes de El número imperfecto inundaron la sala dando comienzo a una larga noche. La primera parte del show iba a ser una réplica casi exacta del Disco Dos (“Registro de la materia en concierto”); una catarata de hits para un arranque tranquilo, entre los cuales deslizaron un improvisado medley: el estribillo de Heroes Anónimos, pegadito al final de Entero o a Pedazos, un guiño cómplice a Ulises Butrón, quien se encontraba en la sala presenciando el show. Desde las butacas, cientos de brazos en alto acompañaban –tímidamente al principio – cada uno de los temas, hasta que llegó A veces vuelvo y puso a todo el mundo de pie.
Cuentos decapitados fue la excusa para presentar al ensamble de cuerdas y flauta traversa, dirigido por Javier Weintraub, cuya incorporación aportó un tinte de majestuosidad al sonido de la banda. Luego llegaría Grandes Esperanzas, y la terrible descarga eléctrica con Épico, tema que daría paso al primer intervalo de la noche.
La carga emotiva es un factor siempre presente; sin embargo, el show reflejó un proceso de cambio respecto de Catupecu, un año atrás. Surfeando con destreza sobre la delgada línea que divide la nostalgia lógica del golpe bajo a las emociones, el recuerdo a Gaby estuvo presente en momentos clave (su voz invadiendo todo mientras un corazón latía en off, y la consabida ovación del público, o el catártico grito de Fernando sobre el final de Refugio, rugiendo “Que estés bien…”) Pero tal vez haciendo caso a eso de que “el camino nunca vuelve”, un Fernando Ruiz Díaz mucho más sonriente, y por demás enchufado, demostró que la música es la mejor forma de sublimar cualquier esbozo de tristeza, canalizando las energías de manera positiva.
Y eso quedó en evidencia sobre el escenario, sobre todo en el tercer pasaje del show que comprendía “la batalla”, donde la sonoridad, la distorsión y el poderío característicos de Catupecu dijeron presente con el tándem RitualDialectoAcaba el fin. “Ahh…¿Se pensaban sentar?, desafió el frontman, y ahí nomás arremetió con Origen Extremo.Y claro, la cabalgata furiosa sobre las cuerdas desembocó en un pogo unánime que demostró que la esencia catupequense no le teme a las butacas de un teatro.
La etapa final de la noche daría lugar a los invitados. Pichu Serniotti sería el primero en aparecer para acompañarlos en El Lugar. A continuación, Leonardo De Cecco (Attaque) y el Zorrito Von Quintiero se sumarían para una soberbia versión de Preludio al Filo en el Umbral, en la que Herrlein y De Cecco hicieron rugir los platos en estéreo; el resultado: una potencia arrolladora. Por último, Pablo y Wallas de Massacre llegaron para ponerle, respectivamente, las cuerdas y la voz a Plan B Anhelo de Satisfacción.
Después de dos horas de show, los laberintos musicales condujeron al fin, que llegó -no en vano- con Opus; y la banda, que después de tres noches, parecía no querer abandonar el escenario. La gente, y la ovación sostenida con la sala a oscuras. Los créditos deslizándose en la pantalla, y la sensación de epílogo, más que de un show, del capítulo de éste libro que Catupecu escribió entre aristas y dialectos.

Por Sofía Arcuri.
Fotos: Beto Landoni
Fuente: Fmrockandpop . com

Saludos!
Zurdo / ((cjay))

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