lunes, 10 de diciembre de 2007

Magia remedio en cuatro actos















Catupecu Machu presentó en el teatro Gran Rex su nuevo trabajo, “Laberintos entre aristas y dialectos”, con muchos invitados y unas cuantas sorpresas. La crónica aquí.

La propuesta era, de antemano, ambiciosa. Una obra, que no es una ópera rock, que consta de cuatro actos. Lo difícil era pensar en Catupecu Machu haciéndola, pero también resultaba lógico si se tiene en cuenta el apego de la banda a las apuestas fuertes y a los experimentos como lo hicieran en su ya célebre concierto 5.1. Por lo tanto, no sorprendió ver a Fernando Ruiz Díaz, Macabre, Herrlein y el reemplazante de Gabriel Ruiz Díaz, Sebastián Cáceres, con el aditamento de una flautista, una violista, una cellista y un violinista. Ese fue el primer acto, Los Cuadros, en donde Catupecu revisita clásicos propios y ajenos con altura, calidad y contundencia.

Pero si el primer acto fue un gran comienzo, el segundo, El viaje, fue un golpe de knock-out en el que la banda, ya con los instrumentos de cuerda y vientos retirados, explotó sobre el escenario y desató su devastador poder arrancando con ese gran tema que es “Viaje del miedo”, una suerte de milonga rockera que sintetizó el estado de ánimo de Fernando, el ahora único comandante de esa bestia indómita que es el Catupecu. Todo el espectáculo es una suerte de catarsis por el accidente de su hermano. Pero lejos de exponerse como muestra de dolor, el show refleja como un drama humano puede servirse en detonador de una gran obra de arte.

El tercer acto, La Batalla, vuelve a encontrar a los Catupecu solos, pero ya en decidido formato acústico, como templando las armas, con Herrlein sacándole chispas al cajón peruano. Y en el cuarto, El Lugar, ya suben todos los invitados a hacer un aporte: Pichu Serniotti, Fabián Von Quintiero, Leonardo De Cecco, y Wallas y Pablo M de Massacre.

Resulta un poco arbitrario hacer una interpretación que se roce con el análisis salvaje, pero también es una de las posibilidades que el arte reconoce: la multiplicidad de significados. Desde el accidente de Gabriel Ruiz Díaz, que es uno de los hemisferios de Catupecu Machu, Fernando, su hermano, parece haber apostado a que el funcionamiento de la banda sería una manera de ayudar al proceso de mejoría. Catupecu parecen ser los dos, y si como en este caso, uno no puede seguir adelante, es el otro el que debe continuar la travesía. Solo que al no estar uno de ellos, el mapa se ve transfigurado.

A partir del accidente, entonces, el motor que ha movilizado a la banda es el sentimiento de que la música que Catupecu genera contribuye a que Gabriel mejore. Así como los tibetanos recuerdan a sus muertos con alegría, porque piensan que de esa manera los ayudan en su viaje astral, Catupecu hace música con el convencimiento de que es vital para Gabriel. Y no resulta descabellado: suena conmovedor. Y en el concierto que el grupo llevó adelante viernes, sábado y domingo, hasta parece la única acción posible.

Pero lo notable es que este proceso que, como todo traumatismo –del cuerpo, del alma, de los afectos-, causa un daño, tiene como efecto colateral un impacto emocional sobre la música que, lejos de deteriorarla, la potencia y la transforma en otra cosa. Las viejas letras cobran nuevos significados a la luz de lo que sucedió con Gabriel; las nuevas apuestas parecen un riesgo corrido en su honor; el cuadro ya no resiste el marco y las imágenes se liberan. Es el arte que se expresa de un modo concreto y con una contundencia que muy pocas veces se ha visto en el rock argentino.

Catupecu Machu se encuentra en tierra inédita para una banda, así como Fernando Ruiz Díaz se debe hallar en una situación desconocida con respecto a lo familiar y afectivo. Ninguno de los dos hechos es estático sino que se transforma constantemente. Es eso lo que todos parecen haber entendido; desde Sebastián Cáceres, un dúctil y acertado reemplazante de Gabriel, hasta el último de los invitados.

Por lejos, Catupecu Machu ha brindado el mejor recital que un grupo argentino haya dado a lo largo de 2007. No solo por la belleza, la fuerza o la originalidad de su música, sino por la audacia de dar pasos allí, donde solo parece haber vacío, y encontrar una nueva tierra artística que seguramente tendrá sus efectos benéficos para todos.

Por:Sergio Marchi

Fuente: 10musica . Com


Saludos!
Zurdo / ((cjay))

No hay comentarios: