domingo, 9 de diciembre de 2007

La música en acto
















Recital de Catupecu Machu.
Integrado por Fernando Ruiz Díaz en voz, bajo y guitarras; Macabre, en teclados y coros; Herrlein en batería y percusión y Sebastián Cáceres en bajo y guitarras. Invitados: Javier Weintraub, violín; Gabriela Conti, flauta travesera; Elizabeth Ridolfi, viola; María Eugenia Castro, chelo; Pichu Serniotti, guitarra; Fabián von Quintiero, bajo; Leonardo De Cecco, batería; Wallas, voz, y Pablo M, guitarra. En el Gran Rex. Nuevas funciones: hoy y el sábado 15, a las 21.30
Nuestra opinión: muy bueno

Cuatro actos para la nueva obra, el nuevo capítulo, en la historia de Catupecu Machu. Cuatro actos que ayudan a terminar de dar forma a una idea, que, por definición, eligen que sea movible. Porque esa ha sido desde el inicio la esencia de Catupecu Machu, el grupo que comenzó hace ya más de diez años como trío, y que abrazó como concepto e ideal el cambio.

Así, la presentación de este disco nuevo, Laberintos entre aristas y dialectos , tiene como marca y señal el recorrido transitado en estos últimos tiempos. Porque aunque la banda se ha presentado en vivo varias veces desde el accidente que desde marzo del año pasado mantiene en tratamiento a Gabriel Ruiz Díaz, siempre tuvieron algo de suspendido en el tiempo. Shows que se hacían (el gigante y tan emotivo Obras al aire libre, las presentaciones en festivales) porque un músico no puede hacer otra cosa que música, pero en los que no había una propuesta verdaderamente nueva, sino el impulso vital del tocar, ayudados en todos esos casos por compañeros y colegas de ruta (Zeta Bosio, el Zorrito Quintiero) como si simplemente se tratara de entretiempos, de recreos en la larga espera.

Pero ya era tiempo. Y si a algo nos ha hecho acostumbrar el grupo es a las propuestas. Ahora, nuevamente con una precisión que revela largas, muy largas horas de ensayo, pero a la vez manteniendo esa particular relación con su propio material que lo vuelve siempre mutable, Catupecu decidió que era hora de mostrar los cuadros que hay dentro de los cuadros, el paisaje completo, la transición en acto(s).

Los actos retoman la idea del disco, dividido éste en dos capítulos, y abren el abanico de lecturas individuales. El primero, "Los cuadros", reproduce casi con absoluta fidelidad la lista de temas del segundo CD ("Registro de la materia en concierto", grabado en vivo 2005, con Gabriel), como si se tratara de conservar, de retener, el tesoro preciado de su musicalidad extrema, haciendo pie allí para tomar impulso hacia el futuro. Acompañados por el cuarteto de cuerdas y flauta travesera, Fernando y Sebastián Cáceres (honrando un lugar y saliendo airoso del gran desafío) iban de los instrumentos acústicos a los eléctricos sin que nada alterara el sonido impecable, Herrlein pasaba de su batería a la percusión y Macabre ondeaba entre teclados, para mostrar el poderío innato de estas canciones, su hueso casi pelado, su estructura renuente a la fijación en el remanido estrofa-estribillo-estrofa.

En la profundidad

"El viaje", segundo acto, comenzó justamente con el bello y nuevo "Viaje del miedo", para dar lugar luego, tema tras tema, a la profundidad sonora y al caos. Ese caos -creativo, efervescente- en el que Catupecu se encuentra a gusto desde los tiempos en que, en los shows del under, convocaban al escenario a todo aquel que quisiera, sin temor al descontrol, abriendo lugar a lo inesperado. Sin el apoyo de las cuerdas, y definitivamente electrizados fueron haciendo de la canción grito, el pulso vuelto animal salvaje, en un nuevo ritual maquínico. Y es allí, en el último tramo de esta segunda parte, cuando Fernando trae a Gabriel, la ausencia latente y presente de Gabriel, sin nombrarlo pero resignificando, en ese Gran Rex de los sueños, las palabras de un tema escrito hace tiempo ("sumergido en la canción, la ausencia ya no está presente").

Para la tercera parte, "La batalla", la puesta se achica: cerca del borde del escenario, los cuatro músicos se amuchan, hacen fogón, intiman; sólo cajón peruano y platillo, instrumentos acústicos, el pulso del corazón. Breve acto, que incluye el tema que lo titula en una versión a años luz de aquella, inolvidable y extrema del Luna Park de 2005, y su imperativo "resetear" aullado entonces y susurrado ahora.

En el último acto, "El lugar", se abren a otros. Pasan Pichu Serniotti en guitarra para el tema que da nombre a esta parte; Leonardo De Cecco y el Zorrito Quintiero, para hacer doble la batería y el bajo, en "Preludio al filo en el umbral"; Wallas y Pablo M, de Massacre, en "Plan B: anhelo de satisfacción" y las cuerdas y la flauta para "Opus 1" y el retome de "Epico". Telón final.

Así, Catupecu mostró nuevamente otro lado de sí mismo. O los muchos lados que hacen a la banda. Porque así como la división propuesta habilita una lectura cronológica, de procesos lógicos y evoluciones previsibles; también permite la otra, aquella de que "todo sucede a la misma vez en distinto tiempo". Lectura Catupecu, el grupo hambriento de constante mutación, el que le hace gambetas al rock que debe ser, el que va y viene, y a veces, sólo a veces, vuelve.

Adriana Franco
Fuente: La Nación

Saludos!
Zurdo / ((cjay))

No hay comentarios: